—Pero, al final, ¿esto para qué sirve?

—Señor —repuso Faraday sin inmutarse—, muy probablemente pronto podrá usted cobrar impuestos por esto.

Más de 150 años más tarde, la anécdota sigue vigente.

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«El progreso de la humanidad es una aventura colectiva.»

Porque la ciencia, si se fijan en lo que ha ocurrido a lo largo de la historia, no es un progreso lineal hacia un futuro mejor. Es una carrera de obstáculos en la que, por cada dos pasos adelante, se da uno atrás. Los descubrimientos de la física trajeron —entre otros avances— la electricidad a los hogares para no morir de frío, la refrigeración a las cocinas para no morir de hambre y técnicas de diagnóstico para no morir de enfermedades que hoy se curan. Pero también trajeron la bomba atómica, los accidentes nucleares y la catástrofe climática. Y precisamente porque toda creación contiene una semilla de destrucción, cuanto más rápidos son los avances, más rápida puede ser también la caída hacia el abismo.

Por eso es imprescindible que la investigación científica se complemente con una reflexión sosegada sobre cómo queremos dejar el mundo a nuestros hijos. Si les queremos dejar un legado de paz o un caos preapocalíptico. La respuesta a cómo deben utilizarse los avances, a qué dirección debemos tomar entre todos, no pueden darla solo los científicos que abren el camino. El progreso de la humanidad, todo el mundo lo sabe pero a veces conviene recordarlo, es una aventura colectiva. Todos vamos juntos en esta pequeña nave espacial que es el planeta Tierra.